Du Levande
Be pleased then, you, the living, in your delightfully warmed bed, before Lethe’s ice-cold wave will lick your escaping foot. - Goethe
Sobreviviente.
En una peli hay un tren que es una casa, un set que desde el primer encuadre es una metáfora, y ya con sólo eso es suficiente, pero de repente se anuncia que viene lo más pichudo y uno se queda estupidizado: se mueve y deja atrás los postes de luz. Hay que preguntarse cómo se hizo y qué genios hay allá afuera, teorizar toda la noche, lamentarse no haber vivido la guerra ni por memoria generacional, aferrarse a que hubo aquél familiar europeo, el torero mejicano, y quedarse pensando, en silencio, sin comentarlo, si aún así seremos, algún día, uno de ellos. Si nos codearemos, si los vamos a poder saludar de abrazo. Sabemos tanto inglés, nunca nos prohibieron nada: tuvimos el nintendo, la compu, a Greenday, Pink Floyd y Oasis. El señor del bar, del quiosco, los chilenos - locos todos, bélicos, tristes. Los Uruguayos en su estación de transición eterna. El paso lento de la recuperación, de quién perdió la pierna. Estuvieron años bajo el mantel, descendientes de nazis, de fascistas, sabía que aquél tipo, el ingeniero, el encargado del transporte masivo, dijo que solamente hacía su trabajo lo mejor que podía y luego se vino a vivir a Vicente López. Hubo un remisero al que que la dictadura le dio trabajo, lo enfrentó a una bomba y casi perdió un ojo, me dijo: el que no estuvo no sabe lo que fue, no se puede juzgar la historia. Le creo, lo entiendo, porque el sistema demanda y uno cumple. Uno se come las papas de McDonald’s cuando tiene un break de quince minutos. De repente nada es grave, o más bien, lo más grave es Dios que está en todas las cosas, por usar alguna metáfora, ¿y a quién se le hace juicio por eso? Y nosotros. Nada. Tenemos los idiomas y la teoría, las bormas sobre los soldados americanos en Berga, y wikipedia. Usted más y yo menos. Usted tiene un apellido, fotos y mitos familiares. Yo tenía una tatarabuela ciega y un abuelo famoso, pero ya están muertos, y ahora no tenemos la historia, sino las acciones. Papi y mami que hacen cosas y yo soy mitad de uno y mitad de otro, como en mi cara, como me dicen siempre: no sé a quién te parecés más.
Entonces se mete la cabeza en la caja, en el pedazo del set que se asignó, mañana no será otro día, no todos los días son otro. Se vive ahí un día largo de hasta, a veces, una década, hasta que lo despiertan los aviones bombarderos. Para mí después de eso sí - ahí empieza otro año. Los sobrevivientes del Titanic en el Carpathia por días, esperando llegar a puerto, con nada más que pensar que que su familia se congeló en el atlántico. ¿Entonces qué se hace? Se deja entrar la locura y todas esas fotos y el sombrero del abuelo y la cartera con oro incrustado de la bisabuela son en efecto la nostalgia, la tristeza, el belicismo, el heroísmo. Hombre contra hombre, naturaleza contra hombre, Saturno se come a su hijo.
Yo sigo esperando ése nuevo año. Ése avión bombardero. Lo busco en cosas estáticas que no me enfrentan de cara, el mar, el otoño, el subte a las 6 a.m, la feria de antigüedades de San Telmo, la abadía bajo los árboles, que es, incluso, la visión de alguien más.
Pero lo encuentro cuando estoy durmiendo. En mis sueños el mar se me revela, me cae la guerra encima, se acaba el mundo, ahí pierdo a mi ser amado. En ése paralelo sí soy sobreviviente.
Aunque en realidad esté subviviendo, y me despierte de nuevo en mi caja, y tenga adelante el mismo día de siempre.

